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Creando Recuerdos

 

Of the many (mostly good) things I’ve learned from this experience so far, one is what homesickness feels like. Before Costa Rica, the longest I had ever been away from my family was a week. I hadn’t left the country in eight years, and I had lived in the same house, in the same small town, my whole life. When I signed up for this program, I knew I would have to live thousands of miles away from home for almost a year without being able to come back for holidays or breaks. But I wasn’t worried about that. In fact, the prospect of dealing with homesickness barely registered in my head. The truth was that I was desperate to go. Not because I was desperate to leave per se, but because I was desperate to be somewhere else, doing something else. I spent most of my teenage years focused on little more than studying and schoolwork. I barely hung out with friends, I didn’t push myself out of my comfort zone, and when I wasn’t in school I was usually cooped up alone in my room. Towards the end of high school, it hit me like a truck that I needed to stop living like this and go do something with my life. I realized that despite the A’s on my report card, I didn’t really know anything about the real world. All of a sudden, I felt overwhelmingly trapped and claustrophobic, like I had already wasted years of my life and was going to continue wasting it if I didn’t make a drastic change soon. And so when this opportunity presented itself to spend nine months living in a foreign country, I jumped on it and didn’t look back.

Now, three months in, homesickness has gone from barely an afterthought to a harsh reality. That’s not to say that my experience in Costa Rica hasn’t been amazing. I’ve already grown so much as a human being and I’m grateful every day for this opportunity. At the same time, though, it hasn’t been easy seeing all of my friends coming home from college and hanging out without me, or seeing my whole family getting together for Thanksgiving dinner. Sometimes the homesickness is so strong it manifests itself as a physical ache in my stomach. On a positive note, I think these feelings will help me more deeply appreciate certain things, people, and experiences that I took for granted back home. Sometimes it’s interesting what little, unexpected things I get nostalgic about. I miss eating an apple or two every day after school. I miss driving at nighttime. I miss playing Mario Bros with my siblings, even though we only did that once every couple of months. There are times when I want nothing more than to go back to what’s familiar and comfortable.

In this kind of situation, it can be easy to fall into the trap of feeling guilty for having these feelings. At first, when I caught myself reminiscing about the past, I thought that maybe it’s because I’m not being grateful enough for what I have right now. But after thinking more deeply about it, I think that it’s totally okay to miss my friends, my family, my culture, and all of the other little things I used to enjoy at home. After all, these are all things I have literally never been without in my life. Pushing myself so far beyond my comfort zone was always bound to be hard. But I can validate my feelings of homesickness while still finding peace and happiness in the present. My Costa Rica experience has already been incredible, and I know that it’ll only keep getting better as time goes on. So even though I sometimes long for home, it’s okay, because I’m also having the time of my life and making memories to cherish forever.

 

De las muchas cosas (en su mayoría buenas) que he aprendido de esta experiencia hasta ahora, una de ellas es cómo se siente la nostalgia. Antes de Costa Rica, el tiempo más largo que había estado alejado de mi familia fue una semana. No había salido del país en ocho años, y había vivido en la misma casa, en el mismo pueblo pequeño, toda mi vida. Cuando me inscribí en este programa, sabía que tendría que vivir a miles de millas de casa durante casi un año sin poder regresar. Pero no me preocupaba por eso. De hecho, la perspectiva de lidiar con la nostalgia apenas registraba en mi cabeza. La verdad era que estaba desesperado por irme. No porque estuviera desesperado por salir en sí, sino porque estaba desesperado por estar en un lugar diferente, haciendo algo diferente. Pasé la mayor parte de mi adolescencia enfocado en poco más que estudiar y hacer tareas escolares. Apenas salía con amigos, no me aventuraba fuera de mi zona de confort, y cuando no estaba en la escuela, generalmente estaba encerrado solo en mi habitación. Hacia el final del colegio, me golpeó como un camión que necesitaba dejar de vivir así y hacer algo con mi vida. Me di cuenta de que, a pesar de las A en mi boletín, realmente no sabía nada sobre el mundo real. De repente, me sentí abrumadoramente atrapado y claustrofóbico, como si ya hubiera desperdiciado años de mi vida y seguiría perdiéndola si no hacía un cambio drástico pronto. Y así, cuando se presentó esta oportunidad de pasar nueve meses viviendo en un país extranjero, la aproveché y no miré atrás.

Ahora, a los tres meses, la nostalgia ha pasado de apenas ser un pensamiento a una dura realidad. Esto no quiere decir que mi experiencia en Costa Rica no haya sido increíble. Ya he crecido mucho como ser humano y estoy agradecido todos los días por esta oportunidad. Al mismo tiempo, sin embargo, no ha sido fácil ver a todos mis amigos regresar de la universidad y pasar tiempo sin mí, o ver a toda mi familia reunirse para la cena de Acción de Gracias. A veces, la nostalgia es tan fuerte que se manifiesta como un dolor físico en mi estómago. Por el lado positivo, creo que estos sentimientos me ayudarán a apreciar más profundamente ciertas cosas, personas y experiencias que daba por sentadas allá. A veces es interesante lo que extraño, pequeñas cosas inesperadas. Extraño comer una o dos manzanas todos los días después del colegio. Extraño conducir de noche. Extraño jugar a Mario Bros con mis hermanos, aunque solo lo hacíamos una vez cada par de meses. Hay momentos en los que no deseo nada más que volver a lo que es familiar y cómodo.

En este tipo de situación, puede ser fácil caer en la trampa de sentirse culpable por tener estos sentimientos. Al principio, cuando me pillaba rememorando el pasado, pensaba que tal vez era porque no estaba siendo suficientemente agradecido por lo que tengo en este momento. Pero después de pensar más profundamente al respecto, creo que está totalmente bien extrañar a mis amigos, mi familia, mi cultura y todas las demás pequeñas cosas que solía disfrutar. Después de todo, estas son cosas de las que literalmente nunca he estado sin ellas en mi vida. Empujarme tan lejos de mi zona de confort siempre iba a ser difícil. Pero puedo validar mis sentimientos de nostalgia y al mismo tiempo encontrar paz y felicidad en el presente. Mi experiencia en Costa Rica ya ha sido increíble, y sé que solo seguirá mejorando con el tiempo. Así que aunque a veces añoro estar en casa, está bien, porque también estoy teniendo el tiempo de mi vida y creando recuerdos para conservar siempre.

 

lgomez
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