The Unseen Gifts from Community Development

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I trembled with the white truck, its wheels struggling against the loose rocks on the dirt road. I trembled and devoured the sweet semita bread laced with tears – for comfort, to cling to the essence of Carmelina through her stone-oven magic just a moment longer.

In Nicaragua, I lived the meaning of tranquility. Some days, I watched my host grandmother’s son, Rocky, lounging on the worn hammock for hours with his only daughter Danielita resting her head on his toasted chest. I was taken aback by the beauty of this silent connection between father and daughter and jealous at the same time. At night, several kids would join hands to dance around bonfires on the side of the dirt road. Burning trash was an amusing chore. Even the older women entertained themselves with talk of the wet weather while picking through piles of frijoles. The grupo de jóvenes, or youth group, planned T-shirt colors for their soccer team, organized religious celebrations for the third Sunday of every month, and participated in festivals in the next town.

And I was welcomed – by the grupo de jóvenes, by my host grandmother and her thirty-seven grandchildren, and even by four scorpions hiding under my partner’s bed. Every Monday, Wednesday, and Friday, my partner and I coordinated campamento for the children. Tuesdays and Thursdays, we worked at the centro de salud. I kept wondering if I was doing enough because I could not see “community development” in material form. After day camp with the kids one day, I was carrying the box of materials back home. Then, in the middle of the road, scissors, construction paper, plastic pencil sharpeners, and boxes of crayons and markers tore through the box and scattered. After bending down to recollect the materials in exasperation, I lifted my head upon hearing the screams of five year-old Rubi and her four year-old brother Sandor. They shouted, “We’re coming! We’re coming!” After seeing the mess, Rubi ran up the hill to her house. Following her older brother Kevin and carrying two smaller boxes, she sprinted back. Immediately, Kevin, Rubi, and Sandor neatly piled the materials back into the boxes as I stood with my mouth agape. Kevin then handed me the smaller box of materials and put atop his shoulder the heavier one. I suggested we trade the load, but he refused. The three children accompanied me back home with the supplies without even asking for one plastic pencil sharpener. Rubi said I could keep the boxes.

Then Carmelina, one of my abuelita’s daughters, taught us the art of turning dough into baked wonders. A few weeks later, my partner and I decided to make our exceptionally large family pancakes. My host grandma’s daughters and granddaughters joined us in cooking one-hundred pancakes. The extended family and some members of the community came dressed in their finest to taste some American food. Sorting through frijoles and continuing conversations with each other from the last encounter, our neighbors waited patiently.

After four weeks of discussing and planning with the community, we were ready to paint the swings and benches in front of the community meeting house and construct a fence around the meeting house and the school. Thirty posts were donated from the neighborhood and the grupo de jovenes helped load the massive posts onto the wagons. For the next two weeks, we dug deep holes into the ground, fixed the posts in, hammered on barbed wire, set up a gate with cement stands, and painted. Children, mothers, patriots of Nicaragua, and teenagers shared sweat and jokes while we worked.

I knew time would pass quickly but did not believe it . . . until dawn beckoned August 11th. As I embraced the kids with a final goodbye, they left for school. My partner and I were glad they left smiling. I did not plan on crying on my last day in my second home. However, I was puzzled by the repeated question, “What color will the truck be?” since I had no idea what colored vehicle would be whisking us away. Some time later, a white truck drove in. As Carmelina brought down two bags of bread she had made that day, I hugged her and asked her to tell the kids the truck was white. Then I wet her shoulders with stinging tears as she did mine.

Before AMIGOS, I had firmly supported the idea of “helping the poor.” Now I realize that sustainable improvements are made when the community is involved and can lead the project. Although I will never be able to save the world, I will remember the people I met and what I learned from each individual. I can only hope that the understanding relationships and love I shared with the kids and adults influenced at least one of them in some way.

– Elizabeth, past participant in Nicaragua

 

Spanish Version

Temblé con el camión blanco, sus ruedas luchando contra las piedras dispersadas en el camino de tierra. Temblé y devoré el pan dulce de semita cubierto con lágrimas – para consolarme, para adherirme a la esencia de Carmelina y la magia de su horno de piedra un momento más. En Nicaragua, yo viví la esencia de la tranquilidad. Algunos días, yo miré al hijo de mi abuela anfitrióna, Rocky, relajándose en la hamaca vieja por horas con su única hija Danielita descansando la cabeza en su pecho tostado. Estuve desconcertada por la belleza de esta conexión silenciosa entre padre e hija y celosa al mismo tiempo. De noche, varios niños unirían sus manos para bailar alrededor de fogatas en el lado del camino de tierra. Quemar la basura era una tarea divertida. Aún las mujeres más viejas se entretenían a sí mismas conversando sobre el clima al recoger los montones de frijoles El grupo de jóvenes planeaba los colores de camiseta para su equipo de fútbol, organizaba las celebraciones religiosas para el tercer domingo de todos los meses, y participar en las fiestas en el próximo pueblo.

Me dieron la bienvenida: un grupo de jóvenes, mi abuela anfitrióna y sus treinta y siete nietos, e incluso cuatro escorpiones que se escondían bajo la cama de mi compañera. Todos los lunes, miércoles, y viernes, mi compañera y yo coordinamos un campamento para los niños. Los martes y los jueves, trabajamos en el centro de salud. Me preguntaba si estábamos haciendo lo suficiente porque yo no podía ver “el desarrollo de la comunidad” materializado. Un día, al terminar las actividades extracurriculares con los niños, yo estaba llevando la caja de útiles escolares a mi casa. En ese momento, se me rompió la caja en medio del camino, y las tijeras, el papel de construcción, los sacapuntas plásticos, y las cajas de carboncillos y marcadores se dispersaron. Después que yo me agaché para recoger los materiales con exasperación, yo levanté la cabeza al oír a Rubi de cinco años de edad y su hermano Sandor de cuatro años. Ellos gritaron, “¡Ay Vamos! ¡Ay Vamos!”. Después de ver todo regado en el camino, Rubi corrió cuesta arriba a su casa. Siguiendo a su hermano mayor, Kevin, y trayendo dos cajas más pequeñas, ella corrió de regreso. Inmediatamente, Kevin, Rubi, y Sandor colocaron ordenadamente las materiales en las cajas mientras yo me quedé boquiabierta,. Kevin entonces me entregó la caja más pequeña de materiales y puso encima de su hombro la caja más pesada. Sugerí que cambiáramos la carga, pero él se negó. Los tres niños me acompañaron a mi casa con los materiales sin pedir siquiera un sacapuntas plástico. Rubi dijo que podía quedarme con las cajas.

Entonces Carmelina, uno de las hijas de mi abuelita, nos enseñó el arte de transformar la masa en maravillas horneadas. Unas pocas semanas más tarde, mi compañera y yo decidimos hacer nuestros panqueques especiales de la familia que eran excepcionalmente grandes. Las hijas y nietas de mi abuelita anfitrióna se nos unieron a cocinar cien panqueques. La familia extendida y algunos miembros de la comunidad vinieron vestidos en su ropa más fina para probar una comida Estadounidense. Escogiendo frijoles y conversando sobre la última vez que nos vimos, nuestros vecinos esperaron pacientemente. Después de cuatro semanas de discusión y planificación con la comunidad, nosotros estábamos listos para pintar los columpios y los bancos delante de la casa comunitaria y construir una cerca alrededor de la casa comunal y la escuela. Treinta postes se donaron del vecindario y el grupo de jóvenes ayudó a cargar los postes grandes en los vagones. Para las próximas dos semanas, nosotros cavamos hoyos profundos en el suelo, fijamos los postes en ellos, martillamos el alambre con púas, arreglamos una puerta con soportes de cemento, y pintamos. Los niños, las madres, los patriotas de Nicaragua, y los adolescentes compartimos el sudor y los chistes mientras trabajamos.

Supe que el tiempo pasaría rápidamente pero no lo creí. . . hasta el alba del 11 de agosto. Después de abrazar a los niños con un adiós final, ellos salieron para la escuela. Mi compañera y yo estábamos contentas de que ellos se despidieron con una sonrisa. Yo no planeé llorar el último día en mi segundo hogar. Sin embargo, me sentí desconcertada por la pregunta repetida, “¿Qué color será el camión?” porque yo no tuve ni idea de que color sería el vehículo que nos vendría a llevar lejos de este lugar. Algún tiempo más tarde, un camión blanco llegó. Cuando Carmelina trajo dos bolsas de pan que ella había hecho ese día, yo la abracé y le pedí que les dijera a los niños que el camión era blanco. Luego mojé sus hombros con dolorosas lágrimas como ella lo hizo conmigo.

Antes de AMIGOS, yo había sostenido firmemente la idea de “ayudar a los pobres.” Ahora yo me doy cuenta de que el mejoramiento sostenible de la comunidad se hace cuando los miembros de la comunidad se involucran y pueden dirigir el proyecto. Aunque yo nunca seré capaz de salvar el mundo, yo recordaré a las personas que conocí y lo que aprendí de cada una de ellas. Solamente puedo esperar que las relaciones comprensivas y el cariño que compartí con los niños y adultos tuvieran algún impacto en por lo menos uno de ellos.

– Elizabeth

Lauren Kelley

Lauren Kelley

Lauren is part of our outreach team and loves to hear stories from past participants. Be sure to tell her all about your favorite sights, foods, and experiences from Latin America.
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