Marion Gibson, dos veces ex alumna de AMIGOS, comparte cómo su segundo verano en el extranjero le enseñó el poder de la risa para superar las barreras del idioma y lo que realmente se encuentra en el corazón de la conexión humana.
¿Qué significa sentirse como en casa en un lugar extranjero?
¿Cómo es llegar a comprender a personas tan distintas a uno mismo, inspirarse en ellas y apreciar su cultura como parte de lo que uno es?
En nuestra vida cotidiana, nos vemos obligados a cooperar con personas cuyas experiencias y opiniones no coinciden con las nuestras. Es la simple belleza de la diversidad humana. Sin embargo, cuando me lancé a estas aventuras en América Latina y me encariñé con el estilo de vida y su gente, comencé a comprender la verdadera magnificencia de la individualidad humana y la verdad es que todos nosotros, independientemente de nuestros antecedentes o creencias, estamos unidos.
Mis experiencias, específicamente en Perú, actuaron como una lupa para comprender la esencia de la diversidad.
Cuando llegué a una pequeña comunidad enclavada en lo profundo de la cordillera de los Andes, me sentí un poco inquieta ante los retos que se avecinaban. Sin embargo, me tranquilizaba el hecho de que este era mi segundo año en el programa Amigos de las Américas. Ya me había embarcado en una aventura igual de impactante, así que esto no sería tan difícil para mí, ¿verdad?

Por supuesto, esto no era verdad.
Cuando me costó trabajo adaptarme a la cultura peruana, una parte de mí se sentía avergonzada. Siempre me había considerado una persona de mente abierta, alguien capaz de trabajar con cualquier tipo de persona o en cualquier entorno. La incomodidad, la nostalgia y el aislamiento de adentrarme en esta nueva forma de vida resultaron ser algo desconocido e inesperado.
Recuerdo el silencio incómodo en la mesa durante mi primera noche con mi familia anfitriona. Mi madre anfitriona, una joven de veintisiete años, me sirvió una porción abundante de sopa de trigo y papas. Mis hermanos anfitriones más pequeños me miraban con sospecha mientras yo hacía mi mejor esfuerzo por terminarme el plato.
Lo que encontré más importante para superar las diferencias fue el poder de la risa.
Había estado en Perú durante dos semanas, cuando mi familia estaba trabajando en los campos y necesitaba bañarme. Siempre los veía construir una fogata para calentar agua; no parecía demasiado difícil. Junté un poco de leña, encendí un fósforo y observé cómo la pequeña llama intentaba crecer. ¡Ah, sí, tendría que soplar para avivar el fuego! Agarré el tubo de metal que le había visto usar a mi hermana anfitriona tantas veces, y soplé por un extremo tan fuerte como pude. La llama se apagó y de repente el área de la cocina se llenó de humo.
Entré en pánico mientras el humo me hacía llorar los ojos y, tosiendo violentamente, corrí hacia la puerta para ventilar la habitación cuando encontré a mi madre anfitriona parada en el umbral. Pude sentir la sangre corriendo hacia mis oídos mientras se ponían del color de los tomates maduros. Me miró y estalló en carcajadas, gritando: “¡Tienes hollín en toda la cara! ¡Soplaste por el extremo equivocado!”. Nos reímos histéricamente de mi ignorancia.
Esta situación no era única; una y otra vez, en los intentos por entendernos mutuamente, nos dábamos cuenta de nuestra propia ignorancia y nos reíamos hasta alcanzar un mayor entendimiento.

Hubo momentos en mi verano en los que sentía como si mi familia anfitriona simplemente nunca fuera a poder entender muchas facetas de mi vida, pero a medida que me fui acercando a ellos, me di cuenta de que ya entendían las cosas importantes sobre mí. Y para el final del verano, yo había aprendido sobre ellos.
Sabía que solo querían que comiera tanto porque la comida era central en sus vidas, y trabajaban incansablemente para cultivar los ingredientes de cada comida. Entendía que aún amaban a su hija aunque la hacían hacer un sinfín de quehaceres. Entendía por qué desconfiaban de los extraños. Me había familiarizado con su estilo de vida y había aprendido a amarlo como si fuera mío.
Pero lo que es más importante, cuando me despedí de ellos con los ojos llenos de lágrimas, supe que los valores en el centro de la naturaleza humana –la compasión, el amor, el respeto, el humor, la curiosidad– nos unían y hacían posible el intercambio intercultural que habíamos experimentado.