Renovación de tareas tradicionalmente “aburridas”
Cuando supe de la oportunidad de tomar un año sabático en Costa Rica, supuse que sería el lugar perfecto para saciar mis ansias de aventura. Me sentía atraído por los frondosos bosques tropicales, las playas y la vida silvestre de Costa Rica, o mejor dicho, por hacer descenso de ríos en rápidos, nadar con ballenas jorobadas y escalar el Chirripó. En el siglo XXI, es fácil aburrirse. Me encuentro atrapado en un ciclo implacable de consumismo y tecnología, donde siento la presión de comprar los aparatos más nuevos y avanzados. ¿Por qué conformarse con una bocina cuando puedo tener una bocina que reproduce música y ¿cambia de color? ¿Para qué ver una película durante una hora cuando puedo ver diferentes memes con el movimiento de mi dedo? Lo simple ya no es suficiente. Estoy acostumbrado a mitigar brevemente mi aburrimiento mediante actividades “emocionantes”, productos exagerados y redes sociales. No es sostenible encontrar emoción y disfrute únicamente en cosas extravagantes, y estoy empezando a darme cuenta de que alterar mi perspectiva sobre las tareas que considero tediosas puede hacerlas más placenteras.
Al superar la marca de un mes en Costa Rica y establecerme en una rutina, he aprendido a apreciar las tareas diarias que alguna vez consideré mundanas y monótonas. El primer choque cultural que tuve fue enterarme de que la mayoría de los hogares costarricenses no tienen lavavajillas; los platos se lavan a mano. En mi familia anfitriona, rotamos la responsabilidad durante la semana. Rápidamente entendí que mi la versión de “lavar los platos” (meter los platos en la lavavajillas y presionar el botón de “encendido”) no bastaría y tendría que esforzarme un poco más para completar la tarea en cuestión. Lavar los platos tenía poco atractivo para mí: ¿dónde está la emoción en tallar platos sucios? Los primeros días, detestaba la tarea, pero pronto, el movimiento repetitivo de tallar los platos en círculos y ver el agua dispersar las burbujas de jabón cada noche se convirtió en un descanso meditativo del caos del día. Aunque dudaba en renunciar a mi electrodoméstico moderno, ahora disfruto de mis diez minutos de pausa relajante disfrazados de lavar los platos.
A diferencia de lavar los platos, disfruté inmediatamente hacer jugo de naranja recién exprimido todas las mañanas. Todos los domingos, mi padre anfitrión compra un costal enorme de naranjas verdes maduras a un agricultor local. Mi desayuno siempre va acompañado de un vaso de refrescante jugo de naranja. Les pregunté a mis padres anfitriones cuántas naranjas se necesitaban para llenar un vaso: aproximadamente 5. El jugo de naranja se convirtió en un recordatorio de la calidez y generosidad de mi familia anfitriona, un pequeño gesto que me hizo sentir en casa. Pronto, comencé a exprimir meticulosamente cada naranja hasta llenar una jarra de jugo, queriendo retribuir de alguna manera a mi familia mientras saboreaba los resultados de mi nuevo oficio y labor de amor.
Durante mis años de preparatoria, comenzaba el día revisando las últimas noticias y publicaciones de Instagram en el autobús o abriéndome paso entre el bullicio del tráfico de Nueva York para llegar a tiempo a la escuela. Ahora, mi rutina matutina es menos caótica y más serena, con una gran dosis de ejercicio que implica caminar un kilómetro cuesta arriba por una montaña hasta mi lugar de trabajo, el Centro Biológico Quebradas. A decir verdad, cada mañana, el pánico me invade cuando pienso en mi caminata al trabajo. Pero, unos tres minutos después de empezar a caminar, mi producción de serotonina aumenta y comienzo a disfrutar de las vistas panorámicas de las montañas verdes. Cuando camino, estoy programado para escuchar música. Últimamente, sin embargo, presto mayor atención al canto de los pájaros con cada inhalación de aire fresco. ¡Después de 20 minutos de esta caminata estilo zen, estoy listo para afrontar el día!
Mi breve estancia en Costa Rica ya ha transformado mi perspectiva sobre el aburrimiento. En lugar de percibir las tareas monótonas como una molestia y un inconveniente, he aprendido a disfrutar de las tareas “insignificantes” a lo largo del día como pequeños momentos de meditación, realización y placer sencillo.
Ai Vy S.